La belleza luminosa de las vidrieras

(Artículo publicado en la revista Estar num. 305 - Agosto 2017)

Hablar de belleza es hablar de equilibrio y estética de las cosas y los seres que captamos. Produce una sensación de bienestar interior, de gozo, sentimiento concreto, de una personal satisfacción. Los parámetros que nos dibujan esa realidad consciente son la forma, los sonidos, los colores, los olores... Sto. Tomás de Aquino lo definía como aquello que agrada a la vista. Al ser parte de la naturaleza, nuestra dotación genética impulsa la sensibilidad alo bello, lo equilibrado, lo armónico y nos invita a la reflexión y a la trascendecia. Somos una expresión sensible de Aquel que es belleza pura y armonía perfecta, Dios Padre, que expresa su belleza perfecta en Jesucristo.

El color es, en si mismo, belleza. Combinados, los colores, forman un todo perceptivo que nos invita al bienestar. Es la captación agradable de los sentidos. Combinados con la linea y la forma, despierta inquietudes concretas, desde la superposición de todos los colores (color blanco), hasta la ausencia de color (color negro, o la superposición de cian, magenta y amarillo —capaces de absorber todas las longitudes de onda de la luz). La combinación adecuada del color, su proximidad (como ocurre en las vidrieras), induce el estado de ánimo del observador.

Las vidrieras son una expresión artística y bella de cuanto de bueno y equilibrado brota de nuestro interior observador. El artista combina, mezcla colores, los acerca o separa, para producir una sensación concreta de luminosidad, tono y saturación que nos permite captar cuanto quiere expresar. Kandinsky en su libro «Concerning the Spiritual In Art» dice que el color es un poder que influencia directamente al alma y que todos los medios son sagrados cuando son dictados por una necesidad interna. Nuestro Gaudí decía que la Gloria es la luz, la luz da gozo y el gozo es la alegría del espíritu.

Mi propia experiencia en la creación de vidrieras, emplomadas o de hormigón, especialmente para oratorios, es una bisectriz entre la trascendencia, la conexión con la belleza, con el Señor —autor de la belleza misma- y el ser humano, limitado, caduco y pobre. Cualquier forma, combinación de cristales, textura de las superficies, son una ocasión para mostrar el mensaje del conjunto que quiero expresar. Es una interrelación divino-humana. Prueba de ello es que nada podemos crear que toque el corazón humano si no hay una conexión sobrenatural, interior, que capta y expresa. La creatividad no es solo el fruto del genio personal, es fruto del esfuerzo, de la investigación, de la ilusión por conocer y abrir nuevos caminos en la expresión artística, es la imaginación constructiva, el pensamiento original que se proyecta en color, forma y textura.

Crear una vidriera es para mi una fuente de enriquecimiento personal, una forma de evangelizar, de proyectar el don recibido que transmito por necesidad, una forma de hablar y decir, al mundo que observa, que hay un Señor de la Belleza que inspira y reparte gratuitamente su propia Belleza. Nosotros pasamos, la obra queda de alguna manera, si se hace bien y se busca en ella la perfección.

Para hacer las cosas bien es necesario: primero, el amor, segundo, la técnica... Cuando una cosa está en el camino de la perfección, hay que exprimirla hasta que llegue a estar del todo bien (Gaudí). ¡Ojalá sepamos mirar e interiorizar la riqueza trascendente de una vidriera!

 

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